Héroes de plastilina

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Por: Miguel A. Jaimes N. – M sc. Ciencias

Domingo, 04/10/2009 03:21 PM

Undivar Sosa es un Barquisimetano hijo de La Mucuy Baja, sector El Salado, en la llamada curva de la piedra del Estado Mérida. Su casa, rodeada de artistas, poetas, músicos, escritores, muditas que tallan maderas y diseñan cuadros de barro y humo, imagineros que labran en pedazos de tronco a sus abuelos, tíos, sobrinos. Así vive Undivar, entre los virtuosos de aquellas vírgenes montañas.

Este amistoso muchacho es el Rey de la Plastilina, sus dedos moldean barras de colores, une tonos, todo lo convierte en una figura. Una de sus inspiraciones, Don Quijote de la Mancha, Sancho Panza, Jumento Rocinante. De su gaveta de trabajo, saca la antigua obra y lee las últimas palabras del genio de la soledad: “Mi señor, no se muera, mire que la mayor locura que puede hacer un hombre, es dejarse morir”.

En la entrada, cuelga una sencilla campana, por las tardes, se mece bajo el pórtico sobre su vieja hamaca, ve pasar la esperanza convertida en amigos, entre uno y otros bamboleos sueña con figuritas de plastilina.

Con apenas treinta y dos años, huele como un hombre de las grandes montañas. Su taller, Yaragua, nombre que daban antiguos indígenas a una semilla, convertida en espiga, que durante siglos sigue creciendo en aquellas praderas, alumbra, a partir de la segunda quincena de todos los noviembres.

En sus primeros días, la espiga es pegajosa, es usada por sus facultades antiinflamatorias, su primer color, verde, luego con los últimos suspiros del año regala una flor morada, y agarra una tonalidad madera. Se da, en hectáreas tras hectáreas, a orillas de caminos, ya seca, la flor se esparce con los vientos de los primeros días del año, extensa como una bruma.

Sus hijos Isaac José y Ángel David, de cinco y ocho años, junto a Vanessa su esposa, lo acompañan en cada obra, cuidan detalles, y recuerdan las formulas para los colores, mientras Undivar crea con sus imaginaciones.

En la sala de aquella antigua y restaurada casa, con troncos de teca sosteniendo el techo de añejas tejas, con paredes de tapias, frisadas en barro, esta su exposición, cajitas envejecidas de madera, selladas con un fino vidrio. Son pequeñas vitrinas que nos dejan admirados ante tamaña creación.

A un lado se encuentra su taller, sobre la curtida mesa de pino, devastada por los recuerdos, organiza sus piezas, mientras, con un tacto milimétrico, ayudado por herramientas cada una con su historia, va utilizando pinzas, tenazas, formoles, finos alicates y martillitos, buriles que funcionan con motores de carritos, le hace punta a las plastilinas, con dobleces empieza la obra, es un maestro organizando todos los detalles.

En el nocturno trabajo, lo acompañan figuras del humo de su cigarro, toma una gubia, su esposa sabe que amanecerá, prepara una taza de café tostado por un vecino cercano, y junto a un veterano plato de peltre, coloca una arepa cocinada con humo de leña seca.

Con el amanecer, sus felices hijos admiran cada obra, la sienten como un juguete, después de la madrugada de navidad.

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