Aquel día triste de Guatemala. Por Miguel A. Jaimes N.

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Martes, 05/10/2010 04:49 PM

Era mil novecientos cincuenta y cinco en Guatemala. Pequeño y estrangulado país centroamericano que contaba con el gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz. Empieza el bombardeo sobre su capital, ni siquiera tenía aviones que pudiesen hacer frente con sus baterías a la aviación enemiga.

Duros, debutan los norteamericanos en sus aviones bombardeos contra una incipiente capital que rápidamente va incendiándose, nunca antes unas llamas llegaron a ser tan lúgubres sobre el suelo de una nación.

Una afónica emisora de la Central de Inteligencia Americana dispara confusión y pánico, está en la azotea de su embajada. La máquina perfecta de mentir informa al orbe desde una llamada “radio rebelde” que son la voz de la liberación y desde esta jungla llamada Guatemala, viene entrado un coronel. Castillo Armas: el nuevo dictador.

Quien aguardaba acantonado en las plantaciones de Honduras, todas propiedad de la United Fruit.  El pobre gobierno de Arbenz asiste paralizado a su derrota. Los depósitos de gasolina arden en la lúgubre capital. El gobierno solo queda para enterrar muertos. Dios, Patria y Libertad es el nuevo ejército que está atravesando sus fronteras, no hay resistencia, mientras los jefes militares que se creían leales, va rindiéndose por unos cuantos dólares y por miedo.

Un muchacho, medico, argentino de tan solo veinte y pocos años, intenta infructuosamente organizar una incipiente defensa en una capital donde ya nada podía hacerse, Ernesto Guevara de La Serna, quien poco después, tiene que salir disparado, pues la muerte lo hubiese podido alcanzar.  Unas pobres milicias deambulan solitarias y desarmadas por masacradas calles. Cuando su presidente reacciona, nadie se atreve abrir los arsenales de la república.

Ese fue uno de esos días sombríos que empezaban a marcar las dictaduras de nuestro continente gris.

Ernesto Guevara de La Serna sufre un fuerte ataque de indignación más que de asma. Pocas fotografías quedan de una triste noche, empujada dos semanas después, cuando lentamente desciende un hombre con la cabeza gacha, sale de lo que legalmente había sido su Palacio Constitucional, atraviesa la calle y pide asilo político en la Embajada de México, era Jacobo Arbenz.

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