Qué vaina con el incapaz INTTT. Por Miguel A. Jaimes N.

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Miércoles, 23/06/2010 07:34 PM 

Son las cinco de la mañana y Evaristo con sus dedos dormidos oprime el inseguro botón que tranquiliza su destartalado reloj despertador.

Va hasta el baño y se ducha con medio tobo de agua que guardo del aguacero que cayó sobre la ciudad la noche anterior. En el fondo ve asentado el moho desprendido de las tejas.

Plancha su deshilachada camisa y parte apurado hasta la sede del Instituto Nacional de Transito y Trasporte Terrestre, sabe que no tendrá otro día de permiso. Su jefe dueño de flotas de camiones volverá a descontarle un nuevo día más de permiso.

Al menos ya paso la prueba de sacar el Certificado Médico, otra de las mafias que aun continua funcionando en el país. Como el gobierno requirió extender la validez de este certificado de uno a dos años, entonces lo aumentaron al doble. ¿Qué tal?

Al fin llega a la sede del INTTT trae su espalda mojada, empezó el invierno. Se sienta junto a un numeroso grupo de personas que ya esperan.

Estando allí por espacio de tres horas, sale el profesional cara dura mandón y anuncia: “NO HAY SISTEMA, FUERA DE AQUÍ”. Evaristo pregunta por qué, y este responde, “ECHENLE LA CULPA A SU PRESIDENTE”. Luego se retira no sin antes firmar la hoja de citas, así siempre se cubre sus espaldas.

Esto sucede a pesar que el Instituto estrena un recién nombrado Presidente desde hace algunas semanas, pero en este irreal organismo nada cambia, ni se enrumbará por este desconocido camino.

Evaristo sabe que esto no es nada nuevo, ni se atreve en achacárselo a la mala suerte de los pobres. Está condenado, otro permiso significara un pote de leche menos para sus hijos.

Antes de irse va hasta el baño, sale espantado por los hedores que ni se atreve a comentar. Por lo demás estas sedes de la justicia automovilística dan vergüenza, parecen un lugar para refugiados ruandeses, llenos de basura, paredes manchadas y desconchadas, lámparas rotas, tubos oxidados.

Del personal ni que hablar, si por caminar pudieran multar no escatimarían en seguir atracando al pueblo en cada esquina. Algunas de las oficinas que un día funcionaban bien, fueron quitadas, cerradas o cambiadas, como la de Santa Mónica.

Evaristo parte apurado, aun le faltan unas monedas para su pasaje, rogara al conductor que lo lleve.

Se queda con el recibo que pago en el banco para la renovación de su licencia, mientras pide a sus santos para que el atorrante Fiscal que de costumbre se instala en la avenida, deje de martillarlo.

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@migueljaimes2

http://www.aporrea.org/actualidad/a102893.html

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