Presidente Chávez, vamos por Luis. Por Miguel A. Jaimes N.

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Martes, 05/07/2011 10:23 AM

Conozco calles repletas de niños, inocentes corriendo con franelas rotas y pies descalzos. Suburbios inundados de ilusiones, algunos conocidos por la creatividad de sus nombres.  En el estado Táchira queda Barrio El Río, sector La Metalúrgica. Es un sitio muy pobre, como muchos otros lugares, deprimido, y en cada aguacero hace pagar las duras consecuencias de la pobreza.

Técnicamente el barrio se está derrumbando. La vida como en otros arrabales es dura, todo lo que signifique necesidad, está acompañada de dramáticas consecuencias, sólo que algunas, son más asombrosas que otras.

Menores embarazadas, niñas aún, asustaditas en sus miradas, muchas, ya con varios hijos. Deserción escolar, alto consumo de drogas y licor, contrabando, mafias, malandros, alambiques, trampas y malos ejemplos.

Dentro de todos aquellos tristes ranchos, deambula un niño: Luis, un menorcito, apenas de nueve años, sin parientes, huérfano, no se le conoce familiar alguno y vive tirado en una calle.

Cada fría noche duerme en un piso de cemento pulido, color verde, justo, afuera de una pobre casa. Al fondo, la calle es un tapón, se escuchan las sucias aguas de un contaminado río, todo lo putrefacto llega a estos caudales que amenazan con desbordarse y en cada lluvia les prestan problemas a sus pobladores.

Las tierras ceden con cada aguacero, están rodeadas de monte, basura, escombros y miseria, son arcillas expansivas, esto hace crecer la tierra haciéndola rorar cerro abajo, sepultando todo a su paso.

Cada noche, Luis duerme desnudo, a un lado queda su ropa arrumada, llena de orines, junto a unas viejas botas con su lengüeta levantada, protegido por un par de perros, uno de ellos fiero, dentadura rosada y colmillos blancos, junto a otro de aspecto más tranquilo, cuidan en la eterna noche el sueño de Luis.

Arropado con deshilachadas sabanas, cubren su inocente cuerpo, mañana no quisiera nadie imaginarse lo que podría llegar a ser. Luis no va a la escuela, con su edad, ya sabe lo que significa la soledad, la conoce tanto que podría sentarse y contárnosla.

No guarda un juguete, pues no tiene ninguno y cada día debe sentirse aún mas perdido, su cara, azotada por mosquitos y sus dientes llenos de caries. Cuando arrecia el calor, espera la lluvia y se baña debajo de un perdido chorro, como esperando que la esperanza caiga en él.

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http://www.aporrea.org/actualidad/a126213.html

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